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Mi propósito y destino este año era Mahahual, desconocía que es también llamado el corazón de la Costa Maya; tampoco sabía que había “Costa” (eso lo aprendí aquí en Playa del Carmen). Lo único que tenía en mente es que llegaría más allá de Tulum –debo decir que es aún mi pedacito favorito del Caribe Mexicano– y festejar otro cumpleaños en el paraíso.

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A 145 kilómetros al noroeste de Chetumal se ubica Mahahual. Foto: Karina Pérez

Pregunté a amigos, conocidos, extraños y por supuesto a Google cuál era la mejor forma de llegar para ahorrar tiempo. Decidí volar de la Ciudad de México a Cancún, pasar algunos días en Playa del Carmen y partir a Mahahual… Recomiendo poco esta ruta, supe muy tarde que lo mejor hubiera sido llegar directamente a Chetumal, pues de la capital de Quintana Roo el recorrido va de 60 a 90 minutos.

En fin, con mi inmensa backpack llegué a la terminal de ADO antes de las 08:00 am porque sólo hay una corrida diaria, desde Playa, sin escalas a esa hora y ¡oh sorpresa, ya no había boletos! Estuve a punto de claudicar, pensé “¿y si me quedo?”, no obstante recordé que la intención de mi viaje iba más allá de la fiesta o pasarla bien. La vendedora de boletos notó mi cara de ‘¿qué hago, qué hago?’, así que me sugirió abordar el autobús a Chetumal, pedirle parada en Limones, pasando Felipe Carrillo Puerto, y de ahí buscar un transporte local que fuera a Mahahual. ¡Perfecto!

08:45 am Salí hacía lo desconocido, ya vería dónde dormir porque además febrero era temporada baja. Aunque través de Facebook y sus anuncios descubrí BlueKay, e incluso aún cuando un amigo me dio las mejores referencias de estas cabañas frente al mar, no estaba segura de encontrarlo.

El trayecto fue largo, llegué a Limones a las 11:45 horas. Pero, ¡ojo! Esta parada es sólo una referencia, realmente hay que bajar en el cruce de la carretera hacia Chetumal y la desviación a Mahahual. Ahí existen dos opciones: esperar taxi o el colectivo que viene de la capital, ¡y cuestión de suerte para no aguantar bajo el sol!

Tras permanecer una hora y conversar con Gaspar, un chico que iba a trabajar a Mahahual, –sí, un desconocido en medio de la nada y no niego que tuve miedo, fue un amable playense que me dio referencias de hospedaje–, llegó un taxista que accedió llevarnos junto con un par de mochileros franceses.

Un oasis de paz para aventureros.  Foto: Facebook BlueKay.

Un oasis de paz para aventureros. Foto: Facebook BlueKay.

Finalmente, otros 35 minutos, ver el mar produjo en mí una inmensa calma. Ya no me sentía en tierra de nadie. No tuve que caminar demasiado con la mochila para buscar BlueKay. Elegí una cabaña en primera línea, esto significa que entre mi rústica y acogedora habitación lo único que me separaba de la arena así como de las olas, era el Malecón.

Después de instalarme y de la gran travesía era momento de refrescarse, tomar el sol y continuar con el segundo libro que me acompañaba en esta odisea. Por la tarde, caminé en el pueblo y busqué un lugar para comer. Es inevitable detenerse en las tiendas que venden artesanías locales, lámparas, monos tallados en madera, entre otras cosas. Me topé con una librería vintage con más títulos en inglés que en español, fue inevitable comprar un librito –literal– que según la dueña llevaba mucho ahí y nadie lo quería. De regreso a la cabaña, me detuve a contemplar el atardecer; otro extraño personaje me saludó y comenzamos a platicar. Roger, un simpático señor me habló de cuando estudiaba oceanografía en la UNAM y vivió en Santa María la Ribera; sin embargo, tuvo que regresar a su tierra y finalmente su amor por el mar lo llevó a Mahahual.

Al fondo del corazón…

Descubrí que habría una tarde-noche de temazcal y sin pensarlo, como tampoco había estado en uno, decidí entrar. ¡Qué experiencia! Fueron casi tres horas, por dos instantes el calor de las piedras calientes, el vapor, el encierro y la oscuridad fueron aterradores, quería desistir. El ritual comenzó, Arturo –el chamán que nos guió– explicó el significado de cada elemento y quienes estábamos, compartimos el propósito por el que nos adentramos.

El temazcal es parte del hotel.  Foto: Facebook BlueKay

El temazcal es parte del hotel. Foto: Facebook BlueKay

Un matrimonio mexicano, Toña y José; dos chicas belgas, dos más estadounidenses y yo teníamos diferentes intenciones, nos unió la sincronía, el tiempo, el agradecimiento y sí, el corazón de la Costa Maya. Cuando salimos, el cielo estaba inundado de estrellas, la luna lo secundó; respiramos hondo en espera de una sacudida con agua fría. Tuvimos una cena ligera y así terminó la primera e intensa noche en Mahahual.

¿Y el amanecer?

Si has viajado hasta este punto de la Península de Yucatán, desde cualquier parte de México o del mundo, ¡mira el amanecer! No necesitas la alarma de tu móvil ni de tu reloj, ¡escuchas gallos, las olas y tu cuerpo sabe que es hora de despertar!

Toña y José me preguntaron que qué pasaba por mi mente cuando veía al sol salir y mi respuesta fue “nada”. Sólo así, lo disfruté porque no hay nunca uno igual, porque aunque quieras capturarlo con una cámara, a veces todo pasa tan rápido que dejas de ver el lado contrario.

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Amaneceres mucho, como los de Mahahual ninguno. Foto: Karina Pérez

 

Tip viajero

– Si regresarás a Playa del Carmen o a Cancún desde Mahahual, te sugiero que compres tu boleto con anticipación porque la corrida desde allá también es una diaria a las 05:00 pm.

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